El otro día le hice daño a mi amigo, le hice daño a mi amigo y está presente. Ambos lo están: el daño y el amigo.
Podría con ellos por separado. Preséntame primero al amigo y lo despacharé. Sé cómo hacerlo y no sería la última vez. Sonreiría, le acariciaría la cabeza suavemente, le miraría a los ojos y le cantaría una nana. Volvería a mirarme, volvería a quererme. Nunca se planteará cómo soy realmente porque no hay cabida en su mente para semejante adjetivo.
Ahora tú, daño, ven e intenta hundirme, dime lo hija de puta que soy, hazme recordar todo lo que he hecho y no he dicho. Quiero que me hagas ver todo lo que he dicho sin sentir, la basura que soy, el daño que he hecho. Venga, valiente, atácame con todo lo que tengas. No puedes conmigo, daño, ahora mismo estás perdido.
Pero no puedo irme fiesta con mi víctima mientras veo que se desangra.
Tendré que sacarme esta sensación de encima. Podría volver a follarme a medio mundo, a chupársela a alguien a quien acabo de ver y por quien nunca sentiré ni un vago interés pasajero. Podría follarme a ése otra vez, no lo hacía mal del todo, me alzaba con una sola mano mientras me penetraba violentamente; recuerdo que una vez se lo hice en el metro, contra las ventanas heladas. Siempre que nos encontramos veo esa escena en su mirada. También está el otro, es tímido y eso me excita. Fue con él con quien noté que estoy volviendo a las andadas. Le mordí el cuello mientras todos pensaban que le abrazaba. Noté su erección, pero no dio un paso adelante y eso me frustró. Fue el rechazo lo que me llevó a rechazarte, mi cielo.
Amigo mío, te rompería en mil pedazos. Y me odiarías. No quiero que me odies, tú no.
A veces me pregunto si hay otra vía.
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