Una vez más, lo he hecho.

Yo, que me vanaglorio de mi pensamiento elevado. Que, secretamente, me veo por encima de los demás. Impasible juez que nunca se equivoca. La razón hecha carne.

Es un rasgo familiar, el dedo levantado en señal pontífica. Un gesto que ha pasado de padres a hijos, dejando un macabro rastro de espíritus vacíos y, en el mejor de los casos, sueños infantiles perdidos para siempre.

Pero qué mal lo llevamos cuando nos juzgan. Qué poco aguante ante la visión ajena. Ante la crítica, tenga el objetivo que tenga.

Y ahora veo una foto de alguien a quien ni conozco y no necesito más. Clic, ha saltado el resorte, el dedo impasible se alza, el gesto se tuerce y los labios pronuncian un nuevo juicio.

Vas a tener razón, al fin y al cabo.

Y mira que me jode reconocerlo.