No fue perfecto, más bien al contrario. Para ser sincera fue un desastre.
Pero echaba tanto de menos el sabor de otra piel...
En directo desde mis entrañas: todo lo que nunca digo.
No fue perfecto, más bien al contrario. Para ser sincera fue un desastre.
Pero echaba tanto de menos el sabor de otra piel...
¿Nos entenderemos alguna vez?
¿Dejarás de analizarlo absolutamente todo basándote en prejuicios?
¿Dejaré de hacerlo yo?
El otro día le hice daño a mi amigo, le hice daño a mi amigo y está presente. Ambos lo están: el daño y el amigo.
Podría con ellos por separado. Preséntame primero al amigo y lo despacharé. Sé cómo hacerlo y no sería la última vez. Sonreiría, le acariciaría la cabeza suavemente, le miraría a los ojos y le cantaría una nana. Volvería a mirarme, volvería a quererme. Nunca se planteará cómo soy realmente porque no hay cabida en su mente para semejante adjetivo.
Ahora tú, daño, ven e intenta hundirme, dime lo hija de puta que soy, hazme recordar todo lo que he hecho y no he dicho. Quiero que me hagas ver todo lo que he dicho sin sentir, la basura que soy, el daño que he hecho. Venga, valiente, atácame con todo lo que tengas. No puedes conmigo, daño, ahora mismo estás perdido.
Pero no puedo irme fiesta con mi víctima mientras veo que se desangra.
Tendré que sacarme esta sensación de encima. Podría volver a follarme a medio mundo, a chupársela a alguien a quien acabo de ver y por quien nunca sentiré ni un vago interés pasajero. Podría follarme a ése otra vez, no lo hacía mal del todo, me alzaba con una sola mano mientras me penetraba violentamente; recuerdo que una vez se lo hice en el metro, contra las ventanas heladas. Siempre que nos encontramos veo esa escena en su mirada. También está el otro, es tímido y eso me excita. Fue con él con quien noté que estoy volviendo a las andadas. Le mordí el cuello mientras todos pensaban que le abrazaba. Noté su erección, pero no dio un paso adelante y eso me frustró. Fue el rechazo lo que me llevó a rechazarte, mi cielo.
Amigo mío, te rompería en mil pedazos. Y me odiarías. No quiero que me odies, tú no.
A veces me pregunto si hay otra vía.
Estoy leyendo aquello que me regaló quien más he querido: Un libro. Un libro muy tonto de portadas rosas. Pero me ha hecho ver que comprender, entender profundamente algo, sólo puede resultar en el distanciamiento del resto del mundo. Cuando amas algo con tanta intensidad - y el interés genuino sólo nace del amor - no tienes posibilidad de entender nada más. Palabras y pensamientos se arremolinan en torno a ese algo.
Y estás perdido.
Una vez más, lo he hecho.
Yo, que me vanaglorio de mi pensamiento elevado. Que, secretamente, me veo por encima de los demás. Impasible juez que nunca se equivoca. La razón hecha carne.
Es un rasgo familiar, el dedo levantado en señal pontífica. Un gesto que ha pasado de padres a hijos, dejando un macabro rastro de espíritus vacíos y, en el mejor de los casos, sueños infantiles perdidos para siempre.
Pero qué mal lo llevamos cuando nos juzgan. Qué poco aguante ante la visión ajena. Ante la crítica, tenga el objetivo que tenga.
Y ahora veo una foto de alguien a quien ni conozco y no necesito más. Clic, ha saltado el resorte, el dedo impasible se alza, el gesto se tuerce y los labios pronuncian un nuevo juicio.
Vas a tener razón, al fin y al cabo.
Y mira que me jode reconocerlo.
A veces veo series, películas, sketches... y pienso que yo podría hacerlo mucho mejor.
Pero para ello tengo que empezar a perder la vergüenza. Este puto miedo que me tiene maniatada.
Tengo el síndrome de Estocolmo.
... que no me salen las palabras. Te veo, todos los días. Te veo cuando me miro al espejo. Estás en mis ojos.
¿Qué es lo que falla? ¿Qué he perdido? Solía enamorar a quien quería. Solía tener lo que buscaba. Y ahora te busco. Todos los días te busco, pero no hay nada al final del camino.
Y, cada vez más, pienso en ti. En tu sonrisa. Esa sonrisa que quiero provocar, saborear y vivir. Esa sonrisa que me escamoteas, que me niegas cuando dices que no te entiendo.
Es posible, no lo sé todo, aunque tú creas que eso es lo que pienso. Pero tú tampoco me entiendes. Asumes que sólo me divierto, que no busco nada más que reirme. Pero no me das la puta posibilidad de demostrarte lo contrario.
Sí, quiero sentirte dentro. Quiero que me toques, que tu piel arda contra la mía. Quiero beberte. Pero más que nada quiero que duermas en mi regazo.
Y a veces parece que quieres que te lo diga. A veces me buscas con la mirada. A veces me tocas la mano y me miras, y tus ojos brillan más de lo normal. A veces empiezas a hablar para no decir nada.
Dilo.
Lo que sea: que me detestas, que mi amor te da miedo, que me quieres, que no sientes.
Pero dilo.
Dilo ya.